Amar la Tierra

Amar la Tierra

Hace un tiempo tuve el privilegio de Tejer una conversación1 con un grupo de educadores ambientales, algunas ya muy veteranas otras, bastante más jóvenes. Sentadas en un gran círculo, como en los antiguos consejos de los pueblos indígenas, escuchamos el silencio, nos escuchamos y nos expresamos durante casi tres horas, acerca de nuestra profesión y de nuestro vínculo con el Planeta.


Mientras la raíz de pino decorada se movía de un extremo a otro de nuestro improvisado bastidor, dibujando sobre la invisible urdimbre los coloridos hilos de nuestras palabras, (cuyas tonalidades mezclaban las imágenes, recuerdos, pensamientos, emociones, ilusiones y decepciones de cada una, en el tejido de todas), sentí tantas cosas en el vientre y en el corazón que, al final, me parecía que brillaban.

Algunas personas lloraron, no sin cierta vergüenza, porque no está bien visto perder la compostura “en sociedad”, menos aún delante de tus compañeros de trabajo. (Recuerdo una empresa dedicada, por cierto, al mundo de la Comunicación, donde el personal tenía por costumbre ir a llorar al water. Como si las lágrimas fueran un deshecho impresentable, de la categoría del orín o de la mierda).


Otras, aunque no lloraron en el círculo, expresaron intensamente su pena, su dolor y su rabia por lo que le estamos haciendo al Planeta. Al terminar la sesión, conmovida, les dije que lo que habían compartido no era, ni más ni menos, que la expresión de su Amor por la Tierra. Muchas esbozaron una sonrisa, como validando mis palabras.

En los últimos 50 o 60 años, (algunas) hemos (re)descubierto que nuestro Planeta no es una enorme piedra muerta sino un gran Ser de seres, un gigantesco animal capaz de crear, de nutrir y de cuidar infinitas formas de Vida, además de la nuestra.

Lo hemos comprendido justo cuando el gigante (¿o quizás solo su piel, en cuyos poros nosotras respiramos?) está agonizante, herido de muerte por nuestra inconsciencia. Y no sabemos qué hacer para aliviarlo. La tristeza, la impotencia y la culpa nos oprimen, pero tratamos de bloquearlas porque pensamos que no podremos soportarlo.

Las emociones encierran un tesoro, también para amar la Tierra

Ponemos la etiqueta de “negativas” a emociones que son genuinamente humanas. Pretendemos “educarlas“ dibujando monigotes en una cartulina y, nos apresuramos a reprimirlas, enseñando a los niños y niñas a controlarlas y gestionarlas. Pero lo cierto es que encierran un tesoro… Suprimirlas equivale a erradicar nuestro instinto de conservación, nuestra voluntad de Vida. Es alimentar la obediencia, cultivar la apatía e instalarse en la pasividad más corrosiva.

Por eso, este 22 de abril, Día de la Tierra, te invito a destapar tu caja de Pandora, observar su contenido y expresar tus emociones aquí y ahora. Verás que cuando se desvanezcan tus demonios, solo quedará el Amor. Entonces, encontrarás la fuerza. Y ya nadie podrá pararte. Ni pararnos.

1 ©Dinámica grupal que creé hace unos años. Copyright 2019 por Heike Freire

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