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Árboles del revés

Madres, maestras y feministas

Hace años, cuando dejé mi carrera profesional en París, para ser madre y mudarme a un pueblo de Extremadura, varios familiares y amigos no comprendieron mi decisión. Algunos me recordaban la importancia del dinero, el estatus y el prestigio, valores que yo siempre he supeditado a la capacidad de disfrutar y dar un sentido a mi vida. Otras, apelaban a mi condición de mujer, la necesidad de seguir luchando por la igualdad, de demostrar que somos tan competentes y capaces como los hombres. Hay otra manera de sentirse igual (defendí): respetando nuestras diferencias. En ese momento, mi capacidad de concebir un hijo (que había deseado intensamente), mi historia personal y mis necesidades emocionales eran particularidades a las que no estaba dispuesta a renunciar. Así que le di un vuelco completo a mi existencia.

No sé cómo habría sido si me hubiera quedado. Con la distancia, quizás hubiera preferido tener más posibilidades de conciliar todo lo que en ese momento era y deseaba. Pero, aunque fue duro a varios niveles, el camino que emprendí me ayudó a crecer como mujer y como persona. La experiencia de parir, amamantar, cuidar y pasar mucho tiempo piel a piel con mi criatura fue poderosa: me devolvió mi naturaleza animal, toda la fuerza de la vida que llevaba dentro. Fue como si me hubiera asentado físicamente en la Tierra, completamente arraigada. Yo, que siempre había amado los aires del pensamiento, de la abstracción y del concepto, descubría ahora mi fuerza de creación, en el mundo real y concreto. El pensador búlgaro-francés Tzvetan Todorov expresó bellamente esta sensación cuando dijo: Nuestras raíces son los hijos. Somos árboles al revés, que arraigan por sus frutos. Me sentía como un baobab al que el paso de una manada de elefantes no conseguiría arrancar una sola hoja. Un árbol de la Vida, como le llaman en Botswana, que igual podía dar a luz un hijo, que tejer un cesto, plantar un huerto, fabricar un perfume, recoger estiércol de cabra, acariciar a una anciana, participar en una asamblea, cuidar gallinas, manifestarme, cultivar setas..y juntarme con otras para traer al mundo todo lo que me gustaba. Cualquier cosa que hiciera estaría bien si, como el bébé, me salía de adentro, si venía de mis entrañas.

A lo largo del tiempo, he tenido oportunidad de tejer alianzas y acompañar en su desarrollo profesional a muchas mujeres, madres y maestras. Me sorprendió comprobar que, como yo, buen número de ellas se plantaron al revés. La maternidad les dio la fuerza para relacionarse de otra forma consigo mismas, con el mundo y con la infancia. La ilusión de re-volucionarse y atreverse a transformar la realidad. Algunas, como confiesa la madre de Gretha Thunberg: “Nos hicimos ecologistas para salvar a nuestra hija. Y dejándonos llevar por la fuerza de nuestras semillas, podríamos hasta volvernos deshollinadoras o trapecistas… Descubrí que ser madre es un acto de conciencia. Que hay muchas formas, no solo biológicas. Y que junto a las madres de otras especies, participamos del amor y los cuidados de la Tierra a todas sus criaturas. Por eso, desde aquí, quiero honrar y celebrar a las mujeres, madres y maestras. Quiero darnos las gracias por saber vivir del revés.

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