Falsas creencias sobre Infancia, Coronavirus y Confinamiento: Los niños son los principales vectores del contagio

Falsas creencias sobre Infancia, Coronavirus y Confinamiento: Los niños son los principales vectores del contagio

Por José María Paricio (pediatra, creador de www.e-lactancia.org) y Heike Freire (filósofa, pedagoga y psicóloga)

Continuamos con la serie de entregas inspirada en nuestro artículo: Ocho falsas creencias sobre Infancia y confinamiento, una reflexión que pretende aportar un poco de luz a algunos de los mitos, falsas creencias y bulos que circulan actualmente en las redes sociales y en los medios de comunicación. Puedes leer la primera reflexión aquí: https://www.heikefreire.com/2020/04/coronavirus-peligroso-ninos.html. Con estos artículos deseamos contribuir a reducir la ansiedad de las familias, y del conjunto de la sociedad, aportando serenidad y sosiego, en unos momentos tan difíciles para todas. 


La segunda falsa creencia es uno de los pilares, firmemente sostenidos por diversos expertos, de la política de confinamiento estricto que, desde hace 40 días, mantiene encerrados a nuestros niños, niñas y adolescentes. 

Mito núm. 2: Los niños son los principales vectores del contagio.

FALSO: Nunca hubo investigaciones concluyentes que permitan afirmar que niños y niñas son vectores de contagio. En cambio, los pocos datos que tenemos van en contra de esta hipótesis. Cualquier persona que esté infectada, de cualquier edad, puede contagiar el virus.

En el último mes, la idea que las criaturas son una especie de bombas virales ambulantes se ha repetido con insistencia. Sin embargo, no existen estudios concluyentes en este sentido. Los trabajos más recientes sobre la contagiosidad del COVID-19, publicados en prestigiosas revistas médicas, apuntan hacia otro lado: 

  • El New England Journal of Medicine hizo público un estudio realizado en Islandia, entre el 15 de marzo y el 4 de abril pasados, semejante al que está previsto en España: el test del COVID-19 se practicó a una muestra representativa de la población total

Entre los mayores de 10 años que no presentaban síntomas, y estaban aparentemente sanos, la tasa global de positivos fue del 0,8%, mientras entre los menores de 10 años, fue del 0 %: Todos los que no tenían síntomas resultaron negativos. Esto significa que los menores de 10 años asintomáticos no son portadores del virus y, por lo tanto, no pueden contagiar a nadie. 
La población que presentaba síntomas catarrales (fiebre, tos, etc.), tuvo una tasa de positivos de casi el 14 % entre los mayores de 10 años. En el resto, es decir el 86 %, su catarro se debía a otros tipos de virus. Entre los menores de 10 años con síntomas, solo algo menos del 7% dio positivo en coronavirus. El 93 % restante estaban acatarrados  por otros virus. Esto significa que los niños menores de 10 años con síntomas tienen con menos frecuencia el COVID-19 que los adultos, y por tanto menor probabilidad de contagiar a otras personas. En esta muestra, la mayor contagiosidad, con y sin síntomas, se dió entre los adultos de 20 a 40 años.

Entonces, ¿por qué se encierra a niños y niñas en muchos países y se les prohíbe ir a la escuela? La idea que se contagian mucho entre ellos y después, pueden contagiar después a los adultos, está basada en la experiencia no consolidada con los virus de la gripe. En otoño y primavera, las escuelas infantiles suelen convertirse en reservorios del virus de la gripe, y otros virus estacionales que circulan entre sus alumnos y alumnas causándoles enfermedades relativamente leves (catarros respiratorios, diarreas), para acabar siendo vectores de transmisión a los adultos. Pero nunca se les ha confinado por ello. Además,este tipo de contagios suelen producirse en aulas cerradas y densamente pobladas, cuando las criaturas no pasan suficiente tiempo al aire libre, por no disponer de espacios exteriores o no utilizarlos convenientemente. Numerosos estudios demuestran que en las escuelas al aire libre, en contacto con la naturaleza, niños y niñas enferman con mucha menor frecuencia 2.

Además, el COVID-19 no es el virus de la gripe, ni siquiera pertenece a la misma familia. Los pocos niños de los que tenemos constancia que enfermaron, fueron contagiados por adultos, y no al revés. Los datos de que disponemos apuntan a que el virus prácticamente no les afecta: no enferman (como explicamos en la entrega anterior) o, en general, presentan síntomas leves. Tampoco son, mayoritariamente, portadores.

No está claro que las medidas escolares sean efectivas en los brotes de coronavirus. No hay datos sobre cómo contribuye el cierre de escuelas al control de la transmisión. Los estudios de otros brotes epidémicos de coronavirus en China continental, Hong Kong y Singapur indican que el cierre de escuelas no contribuyó al control de la epidemia. Estudios recientes con modelos de COVID-19, indican que el cierre de escuelas evitaría solo del 2 al 4% de las muertes, mucho menos que otras intervenciones de distanciamiento social. 
Los autores de estos estudios concluyen que los beneficios para la salud pública del cierre de las escuelas no son proporcionales a los costos sociales y económicos para las criaturas y sus familias. Los políticos deberían ser conscientes de la falta de evidencia segura para decretar el cierre de escuelas y considerar, antes de hacerlo, combinaciones de medidas de distanciamiento social, junto a soluciones escolares menos disruptivas.

A estas alturas del artículo, el lector estará preguntándose por qué prestigiosas asociaciones de profesionales y expertos del Gobierno han difundido la idea que niños y niñas “son transmisores muy activos”6, afirmando que “al no tener síntomas, son más peligrosos todavía” 7 y que “son potenciales trasmisores silentes” 8.
Sinceramente, la única explicación que encontramos es que se trata del clásico (e histórico) prejuicio adultocéntrico que relaciona la alteridad, esa manera de ser diferente de la infancia, con algo amenazador e incluso peligroso. Que proyecta en nuestras mentes de adultos asustados y “precavidos”, una visión de los niños y niñas como seres inquietos e incontrolables, que no paran, no atienden, corren descontroladamente, lo tocan, lo desordenan y lo chupan todo… Cuando se les considera meros “proyectos de personas” aún por “civilizar”, parece preferible (y relativamente fácil) dejarles en casa sin excepción, para que no compliquen más una situación delicada como la que estamos viviendo.

Además, se apostilla para justificar la medida, la tasa de mortalidad por COVID-19 en España está entre las más altas del mundo. Eso, evidentemente, sin que nuestros niños y niñas hayan puesto un pie en la calle durante más de un mes.
Juzgados como sospechosos y encontrados culpables, sin prueba alguna, de ser “tremendamente contagiosos”, sufren el confinamiento infantil más estricto de los países de nuestro entorno.


La enorme responsabilidad que echamos sobre sus espaldas, unida a los rigores del encierro, está dejando huella en sus personas, extremadamente sensibles y empáticas. Cuando son escuchadas, algunos consiguen poner palabras a lo que sienten. Es el caso de Telmo, con 7 años. Después de explorar, durante la primera semana de confinamiento, todas las posibilidades sensoriales y lúdicas de su domicilio, terminó gritándole a su madre: “Ya sé que no se puede, pero !Quiero salir al parque!”. Y añadió susurrando con una nota de lamento e incomprensión: “¡Y me da igual matar a los abuelos!”. Tras casi un mes, su hermano Simón, que el próximo curso empezará la ESO, decidió sin embargo que no quería salir casa, aunque se lo permitieran: “No vaya a ser que me encuentre con otro niño, le pegue el virus y él se lo pase a su abuela que igual viva en el otro lado del planeta”. Cada uno a su manera, ambos intentan lidiar con una culpa que no merecen ni les pertenece… Víctimas de una acusación completamente injusta.

En los países de nuestro entorno, niños, niñas y adolescentes han podido salir a la calle, al menos una hora al día, y no por ello, la famosa curva de contagio ha sido más empinada; tienen, al contrario, menos fallecidos por millón de habitantes que España.

¿Qué habría ocurrido si, como sus homólogos franceses, alemanes o suizos nuestros niños y niñas hubieran salido a dar un paseo cada día?

Nunca lo sabremos y no es fácil adivinarlo, pero numerosos indicios apuntan a que lo más probable es que las cifras de afectados y fallecidos habrían sido parecidas.
Por un lado, buena parte de la incidencia de la pandemia en nuestro país es, en realidad, consecuencia de nuestro debilitado sistema sanitario: recursos humanos, materiales y asistenciales reducidos al mínimo; una atención primaria que ha sido prácticamente desmantelada, en la última década, lo que favorece el colapso de las urgencias.. A título de ejemplo, nuestro número de camas de UCI, es actualmente un 230% inferior al de Alemania.
Además, la salud de la principal población de riesgo, nuestros mayores, deja mucho que desear: muchos viven encerrados, hacinados y empastillados en centros geriátricos gestionados por fondos buitres y empresas privadas cuyo único criterio de gestión es el beneficio económico. Otro factor a valorar son los niveles de contaminación, especialmente elevados en áreas como Madrid y Lombardía..

Tal vez lo que de verdad nos diferencia de nuestros vecinos europeos más afortunados, no es el azote de un virus “salvaje”, de una fuerza de la naturaleza descontrolada y ciega, que se ceba de manera “inexplicable” en “algunos” mortales. Quizás, simplemente, esas sociedades se preocupan un poco más que la nuestra por cuidar de sus miembros más vulnerables. De esos ciudadanos y ciudadanas, niños, enfermos y ancianos que, aunque no aporten productividad, nos ofrecen, en la atención a sus necesidades, la oportunidad de ser plenamente humanos.

Esperamos que estas reflexiones sirvan para que niñas y niños puedan de una vez disfrutar de sus derechos, sin más comités de expertos en dilaciones que muestran poca o ninguna sensibilidad hacia la infancia. Lo niños no pueden, ni quieren, ni deben esperar.

BIBLIOGRAFÍA

  1. Gudbjartsson DF et all. Spread of SARS-CoV-2 in the Icelandic Population. N Engl J Med. 2020 Apr 14. https://www.nejm.org/doi/full/10.1056/NEJMoa2006100
  2. Bento, G, Dias, G (2017): The importance of outdoor play for young children’s healthy development. Porto Biomedical Journal. Vol 2, Issue 5 pp 157-160. https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S2444866416301234
  3. Viner RM et all. School closure and management practices during coronavirus outbreaks including COVID-19: a rapid systematic review. Lancet Child Adolesc Health. 2020 Apr 6. https://www.thelancet.com/journals/lanchi/article/PIIS2352-4642(20)30095-X/fulltext
  4. Domenico LD et all. Expected impact of school closure and telework to mitigate COVID-19 epidemic in France – Report #8 (14/03/2020) 2020 [cited 2020 24 March]. Available from: https://www.epicx-lab.com/uploads/9/6/9/4/9694133/inserm_covid-19-school-closure-french-regions_20200313.pdf
  5. Danis K et all. Investigation Team. Cluster of coronavirus disease 2019 (Covid-19) in the French Alps, 2020. Clin Infect Dis. 2020 Apr 11. pii: ciaa424. https://academic.oup.com/cid/article/doi/10.1093/cid/ciaa424/5819060
  6. José Luis Pedreira, psiquiatra infantil: “El retorno al colegio no puede ser en las condiciones habituales”. El País, 15 abr 2020 https://elpais.com/sociedad/2020-04-14/el-retorno-al-colegio-no-puede-ser-en-las-condiciones-habituales.html
  7. Los pediatras recomiendan no cortar el confinamiento de los niños de forma inmediata: Hay que ser prudentes. Accesible en: https://cadenaser.com/programa/2020/04/14/hoy_por_hoy/1586848328_684234.html
  8. AEP. Comunicado oficial. Posicionamiento de la Asociación Española de Pediatría (AEP) sobre el confinamiento de la población infanto-juvenil en la pandemia CoVid-19. 14.04.2020. Accesible en: https://www.aeped.es/sites/default/files/20200414_comunicadooficial_aepsobreconfinamiento.pdf

Ilustración Verbs confinats 3, de Gemma París Romia

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