¿La crisis del coronavirus nos ayudará a valorar la Naturaleza como espacio de vida y aprendizaje?

¿La crisis del coronavirus nos ayudará a valorar la Naturaleza como espacio de vida y aprendizaje?

Esta es la gran pregunta para quienes, de una u otra forma, deseamos una educación en contacto con la Tierra y una humanidad capaz de vivir en armonía con los demás seres que habitan el planeta. Las respuestas son complejas y, aunque con muchos grises y matices, creo que se mueven entre dos extremos:

  • por un lado, existe la posibilidad de que la pandemia empeore nuestra relación con la Naturaleza y con nosotras mismas,
  • por otro, es probable que una cantidad significativa, y tal vez decisiva  de personas tomen conciencia de la importancia del medio natural para el bienestar, la salud y el desarrollo.

Empezaré esbozando el primer extremo.

El miedo a vivir

Las medidas de confinamiento indiscriminado de la población sana, y el pánico sembrado en los medios de comunicación, convierten el espacio exterior en un lugar que es identificado y etiquetado como peligroso. Imaginamos el COVID-19 como una especie de pátina invisible que lo cubre todo. Crece el miedo a salir de casa, a entrar en contacto con el otro, a tocar y ser tocado, a mancharse, a respirar aire contaminado... También al propio cuerpo, a la enfermedad, a la muerte, a lo desconocido… y a todo aquello que no haya sido previa y convenientemente desinfectado. 

La imagen grotesca de este escenario biofóbico (donde impera el miedo a la vida) la representa para mí, al menos en España, la hermosa playa de Zahara de los Atunes, en Cádiz, rociada con lejía hace un par de semanas “para que los niños la usen al día siguiente, en su primera salida durante el confinamiento”, según aclara un portavoz del Ayuntamiento de la localidad.

La idea que los seres vivos no domesticados, los animales y las plantas salvajes, como los murciélagos, las civetas o el pangolín…, pueden transmitirnos enfermedades; que los innumerables organismos (la mayoría microscópicos), presentes en la tierra, en la arena de las playas, o en el agua del mar  son nocivos para nuestra salud, puede llegar a producir precisamente aquello que tememos. Creer firmemente que solo en casa estamos protegidos es algo completamente falso, contrario tanto a los conocimientos milenarios, como a las investigaciones científicas que señalan justo lo contrario: es en los espacios cerrados y mal ventilados, que las personas habitan de manera sedentaria, donde los patógenos proliferan y se propagan con mayor facilidad. Además, puesto que nosotras mismas somos en gran medida precisamente virus y bacterias, con un cierto equilibrio ecológico, nuestro sistema defensivo se construye a base de encuentros (y desencuentros) con los microorganismos que nos rodean. El aislamiento y el exceso de higiene nos dejan más desprotegidos inmunológicamente, lo que tiende a confirmar la creencia que el exterior es peligroso y así sucesivamente, en una espiral de miedo que se alimenta y se reafirma a sí misma.

La postura alarmista de muchos profesionales que aconsejan extremar las precauciones y las medidas de higiene, a veces hasta límites inauditos, angustia a las criaturas y a sus familias. Algunas desarrollan hábitos de carácter obsesivo-compulsivo, que convierten cada salida, en una misión imposible por la enorme preparación que requiere. Y si lo consiguen, estar al aire libre puede ser frustrante por la escasa libertad de movimiento, las continuas llamadas de atención y las prohibiciones. Incluso familias que enviaban gustosas a sus hijos e hijas a actividades en contacto con la naturaleza, empiezan a temer que se infecten si suben a un árbol o cogen palos y piedras.

Para maestras y profesoras las cosas tampoco están nada fáciles. Muchos educadores, especialmente de la etapa 0-6, temen regresar al trabajo por miedo a contagiarse o contagiar a las criaturas y exigen unas condiciones de seguridad e higiene en el trabajo que las protejan del virus con la distancia y los equipamientos adecuados. Una ausencia de contacto difícil de respetar mientras toman al bebé en brazos, aunque solo sea para cambiarle el pañal; y que, en caso de cumplirse, las haría incurrir en una mala práctica, cercana a la negligencia e incluso de maltrato…

La imagen de unos centros educativos donde los niños, las niñas y sus acompañantes no pueden tener intimidad, mirarse de cerca, ni tocarse, ni abrazarse, ni jugar entre ellos, ni sentarse juntos.. es francamente deprimente. Y significa, para las profesionales, el regreso de la vieja pedagogía negra, del control incesante de los cuerpos y de sus gestos espontáneos:  no te toques la nariz, no te frotes los ojos, no te sientes en el banco, no te acerques a tu compañero, no, no, no…Una forma de ejercer su profesión que les resulta estresante y, en muchos casos, inaceptable. De ser así, algunas prefieren (pese a las dificultades económicas),  no volver a sus puestos hasta que salgamos de una epidemia que, según algunos expertos, puede prolongarse, de distintas formas, durante casi un año. Algo completamente inviable si tenemos en cuenta las necesidades de los niños y niñas, y de sus familias. Entonces:

  • ¿Cómo recuperar la confianza en la vida,  en la sabiduría de nuestro organismo? ¿Cómo rescatar el sentido de nuestro trabajo?
  • ¿Cómo superar la biofobia y ayudar a las personas que la padecen?
  • ¿Cómo organizar las escuelas para que no se conviertan en lugares fríos y robóticos?
  • ¿Cómo aprovechar al máximo todo lo que la Naturaleza puede aportarnos en esta pandemia?

La Pedagogía Verde tiene muchas respuestas a estas y otras preguntas

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