Volver a confiar en la vida

Volver a confiar en la vida

Este amor por la Tierra que me cuida y me nutre en todas partes es uno de los mayores regalos que me habéis ofrecido. Me ayuda a sentirme en casa en todas partes, a estar a gusto con el mundo y a confiar en la vida”. (Carla en una carta a sus padres el día de su 20 cumpleaños)

Las vivencias de estos últimos cuatro meses han sido tan extraordinarias que muchas de nosotras hemos dejado de ser las mismas: se han removido los cimientos sobre los que habíamos construido el frágil equilibrio de nuestras vidas. Algunas perdimos seres queridos o no hemos podido verles en todo ese tiempo; nuestra salud se resintió; el trabajo cambió radicalmente; la casa dejó de ser el refugio perfecto para convertirse en despacho, escuela, gimnasio…; sufrimos tensiones con la pareja; tuvimos que combinar nuestra profesión con el oficio de madres y el de maestras; nos sentimos bloqueadas frente al dilema de volver o no volver a la escuela; nos frustramos por no poder abrazar a las amigas; echamos de menos a nuestras alumnas o nos rompimos la cabeza tratando de descifrar la normativa de la “desescalada” y de la “nueva normalidad”. 

Aquello que nos resultaba evidente empieza a parecernos absurdo y, en cambio, consideramos seriamente ideas que, hasta ahora, tachábamos de insensatas. Lo entonces “importante” nos resulta superfluo, y a la inversa. Pensamos varias veces las cosas que antes hacíamos casi sin darnos cuenta. Y sin darnos cuenta, adoptamos actitudes y comportamientos que, de vez en cuando, nos sorprenden.. Vivir se parece cada vez más a lanzar piedras en el borde de un lago y quedarse después contemplando las ondas…

Comisión de reconstrucción

Sabiamente, nuestros gobernantes organizan “comisiones de reconstrucción” para superar esta extraña guerra.  Algo parecido necesitaríamos también nosotras. Y el verano llega como una excelente oportunidad de reposo, que necesitamos más que nunca. ¿Por dónde empezar? 

El primer paso para nuestra particular comisión de reconstrucción es aterrizar en el cuerpo, reconectar con el lugar y la geografía que somos.

Solemos decir que “vamos” a la naturaleza, cuando en realidad, ya estamos en ella porque somos naturaleza: nuestro aliento es aire, en un continuo movimiento de intercambio con la atmósfera; la sangre que corre por nuestras venas lleva un 83% de agua;  nuestros huesos están hechos de los mismos minerales que el mármol… Somos polvo de estrellas… Microcosmos, universos en miniatura, superorganismos fruto de la colaboración simbiótica entre billones de microbios: al menos 3 kg de nuestro peso son, precisamente, virus y bacterias. 

Lo propio de la vida del cuerpo es un continuo movimiento, una expansión placentera, en relación con el entorno. Una efusión que muy posiblemente se haya visto frenada por los últimos acontecimientos. 

El miedo a tocar, o a ser tocada, a contagiar y a ser contagiada. La sombra de una sospecha sobre nuestra biología: ¿estará en mí? El no saber. La ausencia de experiencia, las dudas…nos hacen acortar la respiración y elevar los hombros hasta las orejas. El cuello se pone rígido. La mente se acelera y se separa del cuerpo: ¿será cierto?, ¿haré bien así?, ¿qué puede pasar si?, ¿y si no? Perdemos toda la profundidad, la belleza tranquila de nuestra presencia inocente.

Para recuperarla, tal vez nos baste con una respiración profunda, de esas que como en los bebés, vienen desde las nalgas.  O quizás proceda de una repentina sensación placentera: el resplandor de un gota de agua bañada por el sol, los colores del atardecer, el canto de los pájaros, el olor de la hierba, la caricia de una brisa fresca… Sensaciones simples, pero poderosas, que nos recuerdan el disfrute de una vida sencilla.   

La mejor vacuna

Dice el investigador en biología Fernando Valladares que la naturaleza es nuestra mejor vacuna porque la biodiversidad de los ecosistemas sanos  tiende a equilibrar la cargas víricas entre las distintas especies. Las  que tienen mayor resistencia bloquean o reducen la transmisión de enfermedades infecciosas,  lo que permite atenuar el número de contagios.

Además de fortalecer nuestra salud física, las investigaciones señalan que la naturaleza es también la mejor aliada para aumentar la resiliencia psico-emocional, es decir, la capacidad de superar cualquier impacto vital y de sobreponernos a las dificultades más grandes. Golpes de los que nos levantamos inseguras, con miedos, con la impresión de estar hechas de cristal.  Vivencias que aumentan nuestra desconfianza, que nos vuelven asustadizas y nos llevan a minimizar los riesgos, reduciendo nuestro potencial y nuestra vitalidad.

Cultivar esta afinidad milenaria con la biosfera de la que formamos parte, como las olas emergen del mar o las bacterias se funden simbióticamente para forjar nuestros cuerpos, es una forma de echar raíces y sentirnos acogidas, cuidadas,  y seguras. De reencontrarnos con nuestro origen, recuperar el sentido y atrevernos a ser lo que realmente somos. 

Asumimos la fragilidad y vulnerabilidad de la existencia humana y nos damos cuenta que en ellas reside, precisamente, nuestra grandeza. Aprendemos a hacernos pequeñas para fundirnos con la montaña, y compartir su majestuosidad, desde el reconocimiento de nuestra verdadera dimensión. Decidimos confiar en la vida y en (sus) nuestras múltiples capacidades. A fin de cuentas ella es la única que nunca, nunca nos ha fallado.


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