Los caminos se hacen andando, decía Antonio Machado

Por eso, cuando vuelves la vista atrás, y observas las líneas que has trazado, es más fácil comprender hacia dónde te diriges…
La vida nos hace, al menos tanto como nosotras a ella.
¿Quien dijo que vivir es lo que te acontece mientras te empeñas en planear otras cosas?
Como en la de muchas personas, en mi historia hay momentos clave, experiencias que marcaron irremediablemente el recorrido.
Algunas de ellas tuvieron lugar en mi infancia

Con mi Abuela aprendí a Amar la Tierra

Apenas sabía leer cuando mi abuela sufrió una grave crisis nerviosa. Los recuerdos de la guerra y el régimen de terror que conoció en su juventud, estuvieron a punto de volverla loca.El psiquiatra le aconsejo que se fuera al campo, dijo que el aire puro le sentaría bien.

Empezamos a viajar por las montañas más remotas, durante semanas, incluso meses. Llevábamos una vida asilvestrada, caminábamos muchísimo. Recuerdo que recogíamos arándanos y, para transportarlos, los ensartábamos en una brizna de hierba. Nos gustaba subir a las cumbres, donde el viento golpea con fuerza; allí nos sentíamos libres.

Poco a poco, casi sin darnos cuenta, mi abuela se fue curando: estaba mucho más tranquila, más segura de sí y vivió hasta cerca de los 90 con buena salud. La naturaleza había sanado sus heridas, le trajo el equilibrio que el mundo humano no supo ofrecerle.

Con mi abuela aprendí a amar la Tierra, y a apreciar sus generosos cuidados.

Alumna de una escuela moderna

Por esa época, tuve que trasladarme desde una escuela moderna, con huerto y asambleas, sin deberes, ni libros de texto, a otra más dura, de patio encementado, disciplina estricta, e incluso castigos. Suelo decir que fue entonces cuando me hice pedagoga: aunque desconocía por completo las teorías, ya sabía perfectamente cual de los dos escenarios era más positivo para mí.

Desde muy joven, me interesaba comprender al ser humano, esa rara especie a la que pertenecemos. Por eso estudié Filosofía y Psicología.

Siendo aún estudiante acompañé a niños y niñas que sufrían diversos trastornos. Eran seres maravillosos, aunque incomprendidos y con graves carencias afectivas que, a menudo, lo tenían todo a nivel material. Esta experiencia me hizo sentir una gran compasión hacia la infancia. Comprendí que el estilo de vida “moderno” pone muchos obstáculos a su desarrollo saludable.

Al terminar los estudios, ingresé en un Instituto de Educación fundado por dos antiguos colaboradores de Ivan Illich y de Paolo Freire. Junto a ellos descubrí el sentido de la Pedagogía Humanista y aprendí a trabajar en equipos multidisciplinares. Nunca olvidaré la riqueza de nuestras reflexiones, que se saltaban todas las barreras académicas, y la calidad humana de mis compañeras y compañeros.

Comprender la relación del Ser Humano con la Naturaleza

Más tarde, la investigación sobre nuestra relación con la Naturaleza se convirtió en el centro de mi vida. Cuando decidí quedarme embarazada, el entorno urbano en el que me encontraba no me pareció el más adecuado para criar un hijo.  ¡Sentí  la llamada de la selva! Dejar la consultoría fue una decisión difícil, que trajo un gran cambio a mi vida. Algunas personas no comprendieron que una profesional como yo abandonara una brillante carrera en París, para mudarse a un pueblo de Extremadura.

Pero lo que aprendí con el pequeño grupo de criaturas que tuve la suerte de acompañar en un hermoso bosque, fue incluso más rico y más profundo que las más sofisticadas metodologías: me di cuenta que no hay inteligencia más grande que la inteligencia de la Vida, si sabemos reconocer sus necesidades y acompañar sus procesos naturales con amor y  confianza. Recordé que nuestra existencia es un regalo impagable que cada día nos hace la Tierra, ese enorme Ser Vivo del que dependemos completamente y al que debemos reconocimiento, cuidado y respeto.  

Mi primer libro

Unos años después, escribí sobre estas vivencias en mi primer libro: Educar en verde, donde se sentaron las bases conceptuales de una educación en contacto con la naturaleza. La obra inspiró, y continúa inspirando a miles de personas, a dar el paso para renaturalizar la vida de niños y jóvenes. Poco después, sentí la necesidad de completarlo con una segunda publicación: Estate quieto y atiende, donde reflexiono sobre las principales causas de los trastornos infantiles y ofrezco pistas para crear ambientes más saludables. La relación del ser humano con la Naturaleza es una fuente de inspiración continua para mi trabajo. Deseo contribuir fomentar nuestro vínculo innato de amor por la Tierra, ese sentimiento profundo al que Eric From y Edward Wilson denominaron Biofilia.

Hacia una Sociedad Biocéntrica

Convencida que la educación juega un papel fundamental en la transición hacia una sociedad biocéntrica, no dejo de investigar y aprender cada día. Mis esfuerzos, unidos a los de muchas otras personas, niñas, niños, jóvenes, familias, maestras, profesoras y  profesionales de ámbitos tan diversos como la Medicina, la Arquitectura, la Sociología, la Biología, la Psicología, las Artes, la Permacultura, la Ingeniería.. están enfocados hacia una misma visión: una cultura capaz de sostener la Vida, de asegurar el bienestar y la continuidad de nuestra especie, y de todos los seres con los que compartimos este maravilloso planeta.

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